Cuento: Las piernas de Mariana

Fotografía: Lucía Portocarrero

La mujer no deja de mirarme durante la cena. Bajo su barbilla, el plato de sopa permanece intacto, liberando sus últimas hebras de vapor. A mi lado está Mauro, su hijo, el chico con el que salgo, embotado en un silencio estéril.   

      Mariana, me dice la mujer, qué bonito nombre. ¿Eres hija única? Sí, le digo, tratando de sonar lo menos fría y descortés, soy hija única. Mamá quería tener más hijos, pero por problemas uterinos el doctor se lo prohibió. Ay, qué pena, dice la mujer, soltando un suspiro dudoso. Sírvete más café, me dice de pronto el padre de Mauro, apareciendo en la conversación.  

De repente, escucho un rumor cauteloso y concentrado. Es Julio, el hermano menor de Mauro. Sentado en un escritorio contiguo a la mesa, traza planos espaciales en una enorme hoja blanca. Levanta la cabeza y me sorprende mirándolo. Perdón, dice como para sí mismo, a veces hablo sin darme cuenta mientras diseño mis planos. No le respondo. ¿Ya tienes planes para cuando termines de estudiar? La mujer continúa interrogándome. No, todavía no. La carrera no ha hecho más que amputarme las piernas, le respondo. Se queda mirándome asombrada. Lo digo en serio, recalco, y por lo visto usted no me cree. Levante mi falda, si desea. ¿Quiere ver mis muñones? Su pómulo se tuerce y las cejas le empiezan a temblar. Los puedo mover y hacer que parezcan dos gusanos gigantes sin rostro retorciéndose como si les hubieran echado insecticida. Estás loca, me dice la señora. ¿Cómo traes a una loca así, Mauro? ¡Vete de mi casa!

      Sírvete más café, me repite el señor y me alcanza la taza.

    El rumor de hace un rato se detiene. Julio, alarmado, deja de trazar los planos, fija la mirada en un punto muerto y el lápiz cae de su mano. La mujer voltea.

    —¡Tú sigue haciendo tu tarea!

  —No te preocupes, mamá —dice Mauro—. Déjalo que escuche. Total, hace tiempo que la universidad cerró. No sé por qué te empeñas en que siga haciendo los planos.

    —Porque él será arquitecto y nos construirá una gran casa.

La mujer da un quejido seco y golpea la mesa con los puños cerrados. A su lado, el señor vuelve a llenar la taza luego de dar un último sorbo a su café.

—Y tú, ¿qué esperas para irte? —me dice la mujer—. ¿No tienes nada más que hacer?

—Sí. Estoy haciendo la sobremesa antes que Mauro me lleve a su cuarto y me haga el amor.

—¿Hacerte el amor? Pobre de mi hijo, se consiguió una mujer a la que no puede coger de las piernas al hacerle el amor. Una coja.

  —Eso no es problema, mamá —dice Mauro—. Se soluciona fácil. Ahora mismo voy a la cocina y con tu cuchillo me corto los brazos. Así no tendré que coger las piernas de Mariana cada vez que le haga el amor. Ella sin piernas y yo sin brazos. El balance perfecto.

Mauro se levanta y camina hacia la cocina. Al instante vuelve con un cuchillo. En ese momento acabo mi segunda taza de café.

  —¡No, hijo, no lo hagas! —grita la mujer.

   —Sírvete otra tacita, hija, con confianza —vuelve a decirme el señor.

  —Pero, mamá, no te preocupes. Además, estos brazos nunca me han servido.

 La mujer duda unos segundos antes de responder.

—Está bien, hijo. Si es lo que quieres, lo entiendo. Pero déjalo, yo misma te los cortaré.

  Coge el cuchillo y se ubica al lado de Mauro, que tiene los brazos estirados sobre la mesa.

    —Espere, señora —la interrumpo—. ¿Qué hará con los brazos de su hijo una vez cortados?

   —Los disecaré y los mantendré siempre humectados con cremas. Sus manos suaves servirán para acariciarme todos los días. Las manos de este viejo — señala con los ojos al padre de Mauro — ya se endurecieron hace tiempo. Y cuando me toca siento como si fueran lijas que rayan mi piel.

   —¡No, mamá, tengo una mejor idea! —interviene Julio—. Dámelos a mí. Nunca aprendí a dibujar bien las manos y si las tengo de molde podré practicar con más exactitud. Las colgaré sobre mi escritorio.

  —¡No! ¡Esas manos serán para mí! —grita la mujer—. ¿Contenta con la respuesta, niña? Sigo esperando que te vayas.

—Qué egoísta, señora —intervengo—.Si yo fuera usted las pintaría y las expondría en un museo como muestra de arte contemporáneo. Manos humanas. Sería un éxito.

     La señora frunce el entrecejo. Parece pensárselo un momento.

   —¿Estás segura? ¿Cómo lo sabes?

—Porque yo lo he hecho. Bueno, yo no, mi madre. Cuando la carrera me amputó las piernas, mi madre las recogió, las pintó y las expuso en un museo. Y créame que fue todo un éxito. ¡Piernas de mujer! Ese fue el título. Y viera cuánta gente se aparecía en la sala solo para ver mis piernas.

—No es mala idea, mamá —dice Mauro.

 —Pues, si tus brazos amputados puestos en un museo nos harán exitosos, entonces que así sea. Algo bueno tenías que tener,  muchacha. ¿Hace cuánto que conoces a mi hijo?

 —Nos conocemos hace tiempo —respondo—. Mauro no quería decírselo, pero llevamos una relación a escondidas desde hace tres años.

 La mujer refunfuña y vuelve a golpear la mesa con sus puños.

—¡¡¡¿¿Qué??!! —grita—. ¿Tres años y recién me presentas a esta mujer? ¿Dónde tenías la cabeza?

—En el lugar de siempre —responde Mauro—. Cosida al cuello, desde que tú intentaste cortármela. 

  —Este chico… bueno, te perdono. Ven, hija, demos un paseo por el parque para conocernos mejor. Tú, anda preparando los brazos. Haz alguna última cosa antes de que regrese a cortártelos.

Ambas salimos de la casa. La mujer empieza a contarme su vida, a formularme preguntas de rutina, si planeo un futuro junto a su hijo. Dice que, si lo deseo, puedo desde ahora tomar su lugar. Ella está harta de todo. El inútil de su marido no hace más que leer el periódico y su hijo menor derrocha el tiempo en planos absurdos. La verdad es que carece de talento. Yo le digo que sí, que tengo una vida planeada junto a Mauro. Pero aquello, así como algunas cosas que dije en la cena, es una mentira más.

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"Y si leo, si compro libros y los devoro, no es por un placer intelectual —yo no tengo placeres, sólo tengo hambre y sed— ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconsciente, como quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a mi lado un poema ya hecho."

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