Reseña: El demonio camuflado en el asfalto de J.J. Maldonado y Leonardo Ledesma


Foto: Lucía Portocarrero

Si pienso en una película que, al menos para mí, se gana por derecho propio el designio paradigmático de “antes y después de”, pienso rápidamente en “El proyecto de la bruja de Blair”. Aquella película de 1999 que llegó a nuestros cines, acompañada de una seudo leyenda urbana repartida por el entonces no tan accesible mundo web. Eso pasó en verdad, decían; se encontraron los videos reales de unos estudiantes que se perdieron en el bosque. Naturalmente, tal mito era solo difundido por los pocos navegantes virtuales de la época. Sin embargo, viéndolo desde hoy, más de veinte años después, rememoro dicha película como uno de los primeros filmes pop que asustaron a mi generación con una premisa tan sencilla como imprescindible en la hechura de una (buena) historia visual/literaria: humanos enfrentados en un contexto sobrenatural que se vende como protagonista, pero que el final termina siendo un pretexto para situar a humanos enfrentados en un contexto puramente humano.  
El demonio camuflado en el asfalto, reciente libro a dos voces de J.J. Maldonado y Leonardo Ledesma, introduce a sus lectores en pequeños universos de Lima —Ñaña y Matute respectivamente—, donde lo fantástico y sobrenatural juega un papel de espectador por ratos pasivo frente a los inacabables conflictos humanos. Una Ñaña invadida por conejos asesinos, otra por zombis, y otra por un mundo virtual que engatusa y lleva a la muerte a niños a través de un juego de Pokemon. El barrio de Matute encapotado por una nave alienígena, y también por calles que de pronto adquieren la cualidad irreal de un laberinto sin salida. Escenarios que sin necesidad de ampliar al mundo entero su atributo sobrenatural, acogen a los personajes que, sarcásticamente, parecen destinados a NO evolucionar tanto como su alrededor. Al terminar el libro, no pude evitar pensar: Sí pues, el diablo es el hombre y punto.
Respecto a lo literario, cabe rescatar la propuesta estética y técnica de ambos autores. Tal como en su último libro de cuentos (Quien golpea primero, golpea dos veces) J.J. Maldonado apuesta por un lenguaje muy trabajado que, aunque por ratos resulta pretencioso, también refuerza el contexto con descripciones propias de una Ñaña destruida, pensada más como plano literario que como préstamo en palabras de la real. A diferencia de los cuentos Balas con alas de mariposa Las vacas flacas del apocalipsis, donde la estructura permite una dirección respirable, en Pueblo lavanda, una creepypasta, Maldonado opta por una estructura de tres personas gramaticales y tres tiempos de narración (pasado, presente y futuro), donde, en su búsqueda por adentrarse en planos de realidad distintos, termina por nublar tal efecto y convertirse en una exposición de lenguaje un tanto hiperbólica.
 Los cuentos de Leonardo Ledesma presentan un lenguaje más directo, pero de eficiente tratamiento al hilvanar los planos de realidad en que discurren sus dos últimos cuentos, Recolectores El laberinto de la hormiga. En estos relatos el lector se ve inmerso en un mundo tan cercano y conocido —calles de un barrio popular de Lima— y al mismo tiempo transfigurado en portales hacia otra dimensión, lo cual refuerza la idea presente en el prólogo del libro: lo sobrenatural al alcance de tu barrio. Es muy diferente la estructura mostrada en Sara, Robert Stack y los aliens, pues presenciamos aquí una narración casi en su totalidad desde un testigo que por ratos parece apartarse de lo principal y que puede abrumar al lector, aunque se advierte su intención de ahondar más en el lado humano.             
 En resumen, El demonio camuflado en el asfalto es un libro hijo de nuestro tiempo, entretenido y que no acerca a los lectores residentes en Ñaña y Matute a un reflejo gastado y sucio de sus lugares de residencia, sino que acerca a estos a la posibilidad de convertirse en literatura, lo cual es mejor.  

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