Relato: Historia de una portada ordinaria

Foto: Santiago Salas

Es cierto que a veces, solo a veces, lo improvisado y casual cobra un poder tan lejano como superior sobre lo planificado. Desde descubrimientos capaces de curar plagas globales, hasta la palabra que se rehúsa a calzar precisa en el verso del poeta, las ocasiones casuales son agentes de salvación bastante efectivos. A veces…     

Un hecho de esta naturaleza ocurrió con la portada de mi primer libro de cuentos.

Aquel domingo, el fotógrafo de la editorial y yo nos reunimos con pocas ideas en la cabeza. Ninguno de los dos tenía muy claro cómo verbalizar con una imagen la materia textual de los relatos. Iniciamos la toma de prueba apuntando el lente sobre un viejo solar caído en ruinas; luego, captando los perfiles antiguos de casonas y balcones de Lima centro. Resultaron figuras atractivas, pero no servían como portada única para un libro próximo a nacer. El problema era su fácil y rápida efectividad. Vamos, una buena estructura capturada por una buena cámara, no requiere de un ojo entrenado para lucir bien. Basta con cuadrar, hacer click y listo. 

Pero, no. Yo quería una portada con vida propia y exclusiva. Así que continuamos nuestra búsqueda en la calle El tigre, escenario salvaje y protagónico de varios cuentos de mi libro. Llegamos y nos topamos con un inconveniente esencial. Como era domingo por la tarde, la calle contradecía la descripción plasmada en uno de los textos. …un lugar apretado y bullicioso, de pista estrecha, que era invadida por cargadores de gas, vendedores de fruta en carretilla y anticucheros que llegaban por la noche.  


Intentamos fotos que resultaron algo insípidas. El lugar estaba como dormido. Todo su indomesticable poder seductor de historias de barrio, parecía haberse gasificado. Como es una calle bastante larga en comparación a otras del centro, no nos percatamos del movimiento de gente que había el extremo opuesto, casi llegando al cruce con jirón Amazonas. Le dije al fotógrafo que debíamos ir un poco más allá e intentar una toma panorámica que capture la bandera en la cumbre del Congreso. Él aceptó con cierto recelo, pues su cámara valía cualquier precaución, en un barrio que de pronto podía sorprenderte, y no necesariamente con aires amigables. Incluso yo sentí una repentina noción de alarma, pues, si bien viví ahí, ahora era un rostro nuevo con todas las fachas de turista. 

No recuerdo exactamente la progresión de los hechos, pero hubo un instante en que estuvimos a unos pasos de tres tipos aplicados al trago en plena pista. Los miramos, ellos nos miraron, y lo único que se me ocurrió fue modular mi voz a un volumen bajo y sugerirle al fotógrafo que esconda su cámara. Aunque, afortunadamente, fue inútil. Cuando adelantamos a los tipos, oí la voz jocosa del más joven.

—Oe, broder… tú, el de la cámara. 

Íbamos en camino al final de la calle, pero al oír el llamado, ambos volteamos como niños obedientes. Y entonces, por casualidad, generosa providencia o lo que fuese, apareció lo que buscábamos. 

—¡Tómanos una foto, pues! 

Con una mano el tipo izaba cual galardón la botella de cerveza, mientras en la otra su dedo pulgar se erguía triunfal sobre el resto de dedos. Su sonrisa curtida era el rostro por excelencia que necesitaba mi portada.

—¡Tómale la foto! —le dije casi gritando al fotógrafo.

En menos de cinco segundos, y sin pensarlo, tuvimos la foto perfecta. El proceso de edición no necesitó de gran retoque, más que bañar la foto en gris, solo dejando en color la bandera peruana del Congreso. 

Unas de las cosas que pensé al ver el resultado final, fue en el carácter caprichoso y un tanto tacaño de aquellas ocasiones trascendentales que aparecen de modo escaso. Ese día tuve suerte, pues si bien ahora muchos pueden tener una cámara de celular para capturar lo que les venga en gana, no siempre se encuentra la imagen precisa, no siempre en menos de cinco segundos, y no siempre ocurre que tú no la buscas, sino que ella te encuentra a ti.  

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