Cuento: Cortometraje

Rodríguez se veía agotado.  La grabación del cortometraje les había tomado casi medio día, sin descansos a excepción de una pequeña merienda. Ya eran las nueve de la noche. Empezó a guardar sus cosas y me preguntó si podía sentarse en el mueble a descansar un momento antes de irse.

            —Claro, no hay problema. No tengo apuro—le dije. ¿Qué le pareció la historia de mi primo?

            —Interesante. Como director he leído varias historias de jóvenes que recurren a mí, pero esta tenía un final diferente, delicioso y hasta filosófico, ¿no crees?

            Yo no le veía lo filosófico por ningún lado, mucho menos lo delicioso, más bien me resultó algo asqueroso; pero quizá Rodríguez tenía razón, era el director que mi primo había contratado para su cortometraje, proyecto de final de carrera. Yo solo había prestado la casa, un viejo departamento del centro de Lima donde vivió mi abuela y que mi padre aún conservaba para uso familiar. Luego de finalizar la grabación mi primo y sus compañeros habían volado a editarla.

            —¿Qué te pareció a ti?—me preguntó.

            —Me gustó también. Sobre todo el monólogo final, pero…

            El cortometraje tenía un suicidio como hecho principal. Un hombre recibía la llamada de su esposa quien, desesperada, le informaba que había sido raptada. El hombre no parecía sorprendido, pues a espaldas de su mujer estaba metido en el negocio de estupefacientes. Había cometido un error y sabía que él sería el siguiente en morir. Luego de un breve silencio, le cuelga y se echa en la cama, donde empieza su monólogo hasta decidir quitarse la vida de un balazo en la cabeza, pero antes, y he ahí el hecho novedoso, se masturbaba y apretaba el gatillo al momento de eyacular. En la última escena, el hombre sonríe con la cara ensangrentada.

            —La muerte y el goce sexual rondaban desde el inicio, ¿no lo notaste? —me preguntó—Las palabras que el hombre escuchaba, su mujer desesperada y su inminente muerte, le producían un placer inexplicable que derivó en la masturbación. Y si él iba a morir, decidió brindarle un último goce a su cuerpo, ¿no es acaso un final digno para el cuerpo antes de perecer? Qué viejo o vieja en coma no quisiera recibir un último goce sexual. Además, recuerda las últimas palabras del hombre “Voy a morir, así como nací, así como crecí…mi cuerpo se pudrirá porque está rodeado de muerte, pero también de placer, pues que la muerte sea el máximo placer.” ¿Acaso la muerte y goce corporal no son una perdición para el hombre? Y lo digo exento de supersticiones.  

            Todo aquello me sonaba interesante, lo desagradable fue que Rodríguez había convencido al actor para que se masturbara de verdad, y este no pudo evitar que una gota de su semen manchara la cama.  Solo de esa manera lograría la expresión perfecta en su rostro. El balazo silenciaba todo, hasta la iluminación.

            —¿Tú también escribes historias? 

            —Escribo cuentos y relatos en mis tiempos libres—le respondí— No es algo que me quite el sueño, pero lo hago de vez en cuando.

            Rodríguez no dijo nada más; luego de cerrar los ojos por un instante y hacer un ademán de cansancio, me preguntó:

            —Oye, ¿Conoces algún barcito por aquí? Me ha provocado una cerveza.

            —Sí, claro. Lo llevo a uno cercano.

            —Gracias. Si gustas puedes acompañarme, de paso que conversamos sobre guiones.

            Lo ayudé a cargar con su equipo y fuimos hasta un bar de la plaza San Martín. Nos sentamos a una mesa al aire libre, con sombrillas negras y vidrios divisorios. Rodríguez pidió dos cervezas.

            —¿Cuántos años tienes?—me preguntó.

            —Veintitrés.

            —Y ¿sobre qué escribes? O, vale mejor decir, ¿cuáles son las cosas que más te joden? Si me permites la pregunta.

            —¿Lo que más me jode?

            —Pues, claro. Todo buen escrito tiene su génesis en lo que le jode a alguien.

            —Sobre nada trascendental creo. Pero tiene razón, sobre cosas que me joden o me jodieron en su momento. Y usted como director, ¿sobre qué escribe?

            —De las cosas que me joden también; además, grabo pequeñas historias de nuevos talentos, dependiendo si me interesa o no, como la de tu primo. Eso me hace ver qué es lo que le jode a los jóvenes actualmente. Verás, he llegado hace poco al Perú tras una larga estancia en el extranjero. En otros países lo que jode varía, aquí estamos más, mmm, superfluos diría yo.

            —Y ¿cómo diferencia usted cuándo es algo que realmente les jode? Podría ser un simple trabajo de universidad o un capricho amoroso.

            —Por las acciones del protagonista y los hechos que lo conducen en la historia. Además, a veces es bueno conocer al autor, porque si su historia lo delata y se impone a su propia voluntad, es genuina.

            Este hombre se mostraba muy seguro de sí, sin temblores al hablar, y sus convicciones eran caprichosamente infantiles, pero llenas de una invariable certeza adulta.

            —¿Por qué no me hablas acerca de uno de tus cuentos?

            Por aquellos días no tenía ningún cuento en mente. Pero recordaba varios antiguos, así que decidí contarle uno al azar, el peor de todos, como para probar su ingenio.

            —Se trata de un joven que engañó a su enamorada y años después se encuentra con la madre de la chica, quien le reclama llena de ira por haber hecho sufrir a su hija.

            Al contarle esto noté en Rodríguez una leve pausa, como si requiriera un tiempo para asimilar lo que acababa de oír.

            —Esas cosas suelen pasar a los adolescentes. ¿Eras casi adolescente cuando te pasó?

            —Diría que sí, acababa de cumplir dieciocho años. Pero ¿por qué piensa que soy yo?  

            —Mmm, y ¿cómo termina tu cuento?

            —Con el chico dándose al abandono y en una depresión de la que no puede salir.

            —A ver, cuéntamelo. Quizá te pueda recomendar algo.

            Empecé a relatar mi historia con la mayor tranquilidad posible, no como si fuese un cuento, sino como si me la contara a mí mismo, tratando de mencionar y revivir todo lo que me produjo en su momento.

            Ainhoa era su nombre, una palabra bellísima. La había visto por primera vez en la lista de postulantes a la universidad. Me llamó la atención su cabello negro azabache, ondeado y largo hasta la mitad de su espalda. Delgada, sin mucha exuberancia; de pardos ojos risueños. Ella iba a administración en la Católica. Cuando supe quién era la dueña de aquel nombre, no me fue complicado conocerla, solo bastó acercármele una mañana en que observaba el periódico mural de la academia. Y así, el trato fluyó hasta ir de saludos pasajeros a eventuales caminatas al término de clases. Estuvimos a los dos meses de conocernos. En el fondo no estábamos del todo enamorados, sino que ambos vivíamos una etapa de soledad amorosa que nos unió sin problemas. Los primeros días salíamos al cine, a caminar por el malecón y de vez en cuando a visitar amigos de cada uno. No tenía hermanos, era hija única y vivía solo con su madre en un pequeño departamento de Lince. Alguna vez me comentó que de vez en cuando se comunicaba con su padre, pues él vivía en el extranjero.

            A los dos meses de relación aún no habíamos hecho el amor, pero la confianza que adquirimos me permitió insinuárselo con poca vergüenza. Para nuestro tercer aniversario la invité a recorrer el centro de Lima, ofreciéndole un “tour” personal por las diferentes iglesias, plazas y monumentos históricos, pues yo había vivido toda mi infancia y adolescencia en un departamento cercano a la plaza de Armas. Al finalizar el paseo fuimos al viejo cuarto de mi abuela. Ella ya no vivía ahí, había muerto, la casa estaba vacía. Al principio nos sentimos cohibidos, conscientes de que haríamos el amor pero sin saber cómo empezar. Fue en ese momento que ella me confesó ser virgen. También lo soy, le dije. Nos sonrojamos, cerramos las ventanas a pesar de la noche y nos entregamos por primera vez—.Hice una pausa, miré a Rodríguez a los ojos y le dije “en la misma cama en que el actor derramó su semen hoy a petición suya.” Un día le fui infiel. Nos alejamos al ingresar a la universidad. Supe que al poco tiempo, Ainhoa dejó el ciclo para irse al extranjero con su padre. Le escribí unas cuantas veces deseándole suerte pero ella nunca  respondió. La culpa me asaltó en tal medida que empecé a jalar cursos, a abandonarme en la rutina de la vaguedad. Un día me encontré con su madre y fui víctima de gritos y arañones en plena calle; me culpaba de haberla separado de su hija y que esta haya huido al extranjero.

            —Mal final, no tendría mucho impacto en el lector —dijo Rodríguez—.El derrotismo siempre debe ir acompañado por un hecho insalvable, un acto, una verdad o un descubrimiento que el protagonista resuelve o no resuelve, pero nunca algo que se espera.

            —¿Qué me recomienda usted?

            Se quedó pensativo. Antes contestarme secó el vaso de cerveza, el cual estaba lleno, y se sirvió otro inmediatamente.  

            —Una vez, hace no muchos años, una chica me contó una historia sobre la que decidí escribir un libreto. Ella había sufrido una decepción amorosa, se alejó del chico porque este la engañó y huyó del país. Eso no tiene gran impacto, lo sé, por eso quise tratar el tema desde la perspectiva de alguien que sufre por ella, no ella misma. Llámalo un narrador testigo.

            —Y ¿cómo terminaba?

            —Con la chica suicidándose al recibir de su padre nada más que desprecio, ya que cuando llegó a él, estaba embarazada sin saberlo. Pero, claro, ese es solo el final, todo lo demás está revestido de actos que tratan de justificar el hecho.

            —Y ¿a usted le jodía eso o lo escribió porque le jodía a ella?

            —Nos jodía a los dos. Estaba decidido a filmar esa historia, pero cuando nació el niño tiré el libreto a la basura. Cierta parte es real, aunque el padre nunca la despreció, claro está. Y te diré algo, sé que ahora mismo ese padre está en el Perú buscando al padre del niño, así la chica no quiera saber nada de él.

            —Y ¿qué cree usted que haría si lo encuentra?

            —¿Qué crees tú que él haría? Te lo pregunto a ti como escritor novel.

            —¿Por qué novel?

            —En cierta manera, eres virgen. No estás contaminado con tantas historias.

            —Quizá no se atreva a hablarle y deje todo como está.

            —Yo sí sé lo que haría. Lo invitaría a tomar unas cervezas en un bar de la plaza San Martín.

            Me clavó la mirada. Solo entonces descubrí que esos ojos ya los había visto antes, eran iguales a los de Ainhoa.

Febrero de 2016

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