Cuento: Por un espacio vacío de Aarón Alva

Recuerdo a Brack como si fuese una extensión física y orgánica del paradero de buses. Suelo pensar que algún día lo veré de nuevo cantando con su guitarra y me dirá hola, bro, el saludo de siempre. No he tenido noticias suyas desde que, justamente, esperaba un bus, y ya nadie vive en la que fue su casa materna. Esta se ha vuelto un bloque en alquiler que luce ventanas forradas de humedad y toda la fachada roída por borrones de polvo.

            Brack era de esos que encendía su histrionismo y excavaba en tu seriedad hasta ponerte alegre al menos dos segundos.  No era una actitud estudiada, sino lo contrario, a pesar de que la había perfeccionado en su rutina callejera, en las que conseguía algo de plata cantando con su guitarra. Fue el primero que conocí en querer dedicarse de lleno a la música. Componía canciones sobre un tipo de libertad que él consideraba difusa, no posible en el contexto actual. Poco o nada del amor o grescas sociales.  Recuerdo que unos de sus versos empezaba algo así como “Partir a pie, partir la cara…”   

            A veces resbalaba la voz por notas desafinadas, pero le añadía un carisma original y a la vez farsante que uno terminaba por olvidar los errores técnicos. Algunos días ayudaba en una panadería de Magdalena, otros hacía de plomo, instalando amplificadores en bares con música en vivo, acto que le ocupaba casi medio día, pues si bien los conciertos eran de noche, tenía que cuidar los equipos desde la prueba de sonido hasta el fin de la tocada… El resto del tiempo componía en su cuarto, con un oído en su música y el otro atento en filtrar —o asimilar para sus letras— el clamor furioso de su madre, que le recordaba su poco aporte a la casa. Brack tenía 24 años.

            Un fin de semana nos pasó la voz a Matilde, Alejandro y a mí para contarnos algo en un bar. Apenas tuvimos los primeros vasos de cerveza llenos, dijo que al día siguiente, sin nada más que su guitarra y una mochila con un poco de ropa, se largaba de su casa. El motivo, la monotonía torpe y robótica de Lima. Se iba a Trujillo, donde le habían ofrecido un cuarto barato. Al final de esa noche él pagó las cervezas.

            Lo raro fue que no pasó mucho tiempo hasta su regreso. A los dos meses lo vi por el barrio, caminando como un fantasma deprimido. No sé por qué pensé eso. Lo imaginé como un espíritu a la antigua, cubierto con una sábana, decepcionado por no causar miedo ni en su hermanito menor, todavía vivo. Iba con su guitarra, probando canciones nuevas en voz baja. Nos saludamos con un abrazo, cambiamos unos cuántos qué tales, cómo te ha ido y me pidió acompañarlo a comprar una cuerda de guitarra. En el camino habló sobre su primera etapa lejos de casa, la sensación de libertad ya no tan difusa, como siempre pintaba en sus canciones, y el arranque hacia una búsqueda personal positiva y constante. ¿Y por qué regresaste tan pronto?  Dijo que solo a recoger unas cosas.

            En la tienda de música compró solo una cuerda barata, a pesar de que le sugerí comprar el juego completo. No había vuelto a la casa de su madre, ahora me estoy quedando en un hueco que tiene un pata por acá cerca. El trato era solo ayudarlo con algunos soles para la luz y el agua, no le cobraría por el espacio, que tampoco era tan cómodo, pero a nada…

            Entonces me pidió contactar a Alejandro y Matilde para salir los cuatro. Yo les aviso y te llamo, fue lo que dije, pero Brack me confesó que había perdido su celular de manera tonta en una juerga allá en Trujillo.  ¿No te comprarás otro? Por ahora no, estoy bien así, ermitaño nomás, escríbeme por Internet. Llamé a los demás y quedamos en reunirnos una noche la próxima semana.

            A esa salida fui el primero en llegar.  Habíamos quedado en la rotonda de un parque cercano, donde muchas veces nos quedábamos a conversar hasta la madrugada. Brack se apareció al rato y traía su guitarra consigo. Todo en él se veía como demacrado. Los sujetadores cosidos del estuche de guitarra daban la impresión de poder romperse en cualquier momento. 

            —Cómo vas, bro —me dijo.

            —Todo tranquilo. Matilde me avisó que ya está en camino con Alejandro.

            —He tenido un día jodido. Salí a manguear desde temprano y mi guitarra se quiñó en un carro, puta mare.

            —¿Qué pasó?

            —Un bache. Estaba cantando, me tambaleé y la guitarra se chocó contra el borde de un asiento. No saqué mucha plata hoy. 

            —¿No te dieron mucho?

            —No. La gente está acostumbrada a que uno toque gratis, más si se trata de tus canciones propias.    

            Se oía como a un punto de coger una ronquera fatal.

            —¿Qué canciones crees que le puedan gustar más a la gente? —dijo—, porque ya me di cuenta de que las mías no sirven.

             Le sugerí algunas de rock en español, casi nunca fallan si se trata de gente joven, los temas ochenteros siempre funcionan, total, en algunas radios se oyen todo el día, los “clásicos del rock latino”, y la gente, lo quiera o no, termina por acostumbrarse a ellos.

            Al rato vimos estacionarse un Volkswagen rojo al otro lado del jardín. Lo conducía una chica y por lo que pude notar tenía el pelo muy claro. Alejandro bajó sonriente del otro asiento.

            —¿Hace tiempo llegaron? —preguntó.

            —No mucho —dijo Brack.

            La chica del carro solo nos miraba. Parecía como estar evaluando si bajar o no. Hubo un instante que asomó la cabeza y comprobé que era realmente guapa. De repente fue Matilde quien bajó del asiento trasera. Nos saludó con un grado de efusividad contenido. Creo que todos nos pusimos tensos, como si el motivo de nuestra reunión fuese cualquier cosa menos llegar a pasarla bien.

            Digo esto porque fue Alejandro —y no Brack— el que sugirió volver al bar de la vez anterior. Le habían dado vacaciones en su trabajo y qué mejor que el regreso de Brack para celebrarlo.

            —Suban, los llevamos —dijo.

            Luego nos presentó a la chica del carro.  Se llamaba Ishani, una amiga suya del trabajo. En efecto, su cabello obtenía un color aún más claro al contacto de la luz del parque, y lucía en coherencia agradable con la blusa blanca de encaje y el pantalón de oficina negro.

            En el bar nos sentamos en una mesa cerca de la entrada, donde se podría fumar a gusto. Alejandro le pidió al mozo dos jarras de cerveza de entrada y una fuente de piqueos. El pago era por adelantado. Todos excepto Fijo, buscamos en nuestros bolsillos. Entonces caí en cuenta que en ningún momento Brack nos había propuesto volver al bar, solo que nos juntásemos para conversar.

            ¿Se puede pagar con tarjeta?, dijo Ishani, y antes de que el mozo responda se oyó a Alejandro no, no se preocupen ¡Yo invito hoy!  Sacó cien soles de su billetera.

            Ishani se levantó al baño. Muchas caras de mesas vecinas le siguieron el paso. Era en verdad muy atractiva. En ese breve lapso Brack y Matilde no dejaron de molestar a Alejandro. Qué bonita tu amiga, ¿normal si le entro o eres celoso? Es solo una amiga del trabajo. Ah, ya, no hay roche entonces. Invítala a salir si quieres.

             Matilde sacó un paquete de Marlboro y empezó a fumar. Nos extendió la cajetilla. Yo cogí uno, Alejandro no fumaba y Brack dijo haberlo dejado. Contó que desde su partida fue perdiendo la costumbre de fumar.

            Cuando Ishani volvió a la mesa noté que había retocado su maquillaje. El rímel en sus ojos la hizo verse más adulta de lo que era, y hasta su cabello parecía haber cambiado el tipo de caída, como si de repente fuese más ondeado. El mozo trajo el pedido y Alejandro llenó los vasos.  Hablamos en primer lugar de nuestras salidas pasadas, antes de que Alejandro sugiriese que cada uno le contase a Ishani un poco sobre sí mismo. Empezamos Matilde y yo. Ella nos escuchaba y devolvía preguntas de rutina.  Después habló Brack:

            —Bueno, yo hace un tiempo dejé mi casa y ahora vivo en Trujillo. Vengo cada dos o tres meses a Lima y trabajo mangueando en los buses. No se gana mal ¿sabes? Hay días en que saco ochenta soles en tres horas, otros un poco menos.

            Ishani puso una cara muy distinta a cuando oyó las historias previas. Pasó los dedos por su cabello y adelantó un poco el cuello. Dijo:

            —Me parece genial. Imagino que vale mucho más la experiencia.  

            —Por supuesto, has dado en el clavo.

            —Una experiencia que es mejor aprovechar de joven. Como las bandas de rock.

            —Exacto —dijo Brack.

            —¿No has pensado armar tu propia banda?

            —Claro, lo he intentado. Pero hubo mala suerte.

            —¿No tuvieron acogida? —dijo Ishani.

            —No, por otras cosas. Para tener acogida no necesitas suerte. Va por otro lado el asunto. Suerte sería tú un día subes a un bus y me encuentras cantando.

            La risa de Ishani al oír aquello sonó insegura, como la que alguien emitiría por creerla adecuada pero no natural. Aunque luego dijo:

            —En el colegio nos hacían tocar flauta dulce. Acabo de recordar a un amigo que la semana pasada subió una historia a Instagram tocando una melodía.

            —¿Se dedica a la música?

            —No. Fue como….

            —Una historia de Tik Tok, seguro —dijo Brack.

            Ishani movió los labios pero no llegó a concretar una respuesta rápida. Fue Brack el que se apresuró a continuar:

            —Hace poco vi un video de Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo. Estaba en la estación del metro de Nueva York, llevaba una gorrita hasta los ojos, creo que usaba barba, y a sus pies tenía un sombrero volteado.

            —Ajá —dijo Mariana.

            —Ni treinta dólares en dos horas. Una semana atrás había llenado el Carnegie Hall. Taquilla agotada. Miles de dólares a su bolsillo.

            Ishani esperó que él continuase, pero la elocuencia de Brack pareció haberse agotado. 

            —Cuéntame de ti.

            La chica empezó a contar pero la interrumpió una llamada en su celular. Cuando vio la pantalla del teléfono dijo que volvía enseguida y caminó hacia la puerta del bar. Ninguno de los cuatro restantes hablamos, o quizá se pensó en conjunto que era momento para que Brack contase lo que tuviese que contar. Pero no. Se llevó el vaso a la boca y le pidió a Matilde la caja de cigarros. Luego se paró y salió. Estuvo largo rato conversando con Ishani en la puerta.

            Como era miércoles el bar solo atendía hasta las 2 de la madrugada.  Estaba próximo a cerrar. Habíamos tomado solo hasta el punto de sentir un mareo ligero, controlable. La más sobria era Ishani, que se había controlado porque iba a manejar su auto.

            Nos dejó en el parque de hace un rato. Solo quedamos Brack, Matilde y yo. Los tres vivíamos cerca. Alejandro en cambio siguió en el auto de Ishani, cuya ruta lo acercaba a su casa. Una última despedida y empezamos a caminar hacia la casa de Matilde.

            — Me dejó su número —dijo de pronto Brack—. Pero no sé si llamarla. Quizá está saliendo con Alejandro y él no nos quiso decir.

            —Pero él dijo que no habría problema si sales con ella —dijo Matilde—Si yo fuera tú lo haría. Es guapa. ¿De qué hablaron?

            —De nada —dijo Brack.

            —¿De nada?

            —De nada que lleve a algo siguiente.

            Fumamos lo que quedaba en la cajetilla de Matilde y ella dijo que debía volver a casa. Luego de acompañarla, Brack quiso caminar un poco más.

            —¿Hasta cuándo te quedas en Lima?

            —Creo que hasta pasado mañana. Debo resolver un asunto. —¿Qué pasó?

            —Le debo 200 al tío que me alquila el cuarto en Trujillo y ayer le tuve que pagar una deuda a mi vieja. Posiblemente empeñe mi guitarra, no lo sé.

            —¿Y qué vas a hacer?

            —No sé. El tío ya me puso de plazo hasta el viernes próximo. Si no, a la calle. Oye, ¿crees que me puedas prestar esos doscientos?

            No contaba con esa cantidad. En mi bolsillo quedaban a lo mucho veinte soles.

            —No te preocupes.

            Cuando llegamos al lugar en que cada uno doblaba hacia su casa, ya había empezado a clarear. Entonces Brack mencionó que a lo mejor era un buen momento para manguear.

            —A esta hora poca gente trabaja en la calle y los buses pasen llenos.

            Lo acompañé a una avenida cercana y él sacó su guitarra del estuche. Con el mástil apuntando en horizontal parecía un rifle sujeto a su cuerpo.  

             —Ahí viene un bus grande —Brack habló bostezando.

            El bus estaba repleto.

            —Deberías descansar un poco —dije.

            —No. Ya pasará uno más vacío.

Ilustración: Lucía Portocarrero      

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"Y si leo, si compro libros y los devoro, no es por un placer intelectual —yo no tengo placeres, sólo tengo hambre y sed— ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconsciente, como quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a mi lado un poema ya hecho."

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