“Banda debut” de Aarón Alva

         Pichu Saraz era el primo del amigo de un amigo y fue el cantante de mi primera banda. Su apodo se lo había puesto él mismo, porque Pikachú le parecía muy infantil y él ya tenía diecinueve. Por supuesto que al principio le intentaron llamar Pikachú porque la voz del pokemón le salía realmente igual. Lo imitaba en todos sus matices: contento, triste, alucinado, y hasta cuando le entraba la cólera y lanzaba ráfagas de corriente a sus rivales.

         Pikachú no. Pichu. Pichu. 

         Y así le quedó el apodo.

         Eso nos había contado un amigo del salón, luego de proponerlo como cantante para la banda. Le dijimos ya pues, hay que escucharlo.

         Obviamente, la pregunta tenía más que ver con nosotros que con el propio Pichu. Éramos unos novatos que casi como perritos asustados habíamos ido a pedirle permiso al cura director del colegio para que nos deje tocar covers de rock en la Kermesse anual. Guitarrista, bajista y baterista, bien uniformaditos a pantalón gris y chompita azul marino, practicando luego del cole en salas de ensayo donde las bandas de grandes iban a vacilarse y fumar y la música era un mero telón ambiental. Y si alguien se hacía llamar Pichu —y no Pikachú— y le salía igualita la voz del Pokemón de Ash, entonces indicaba dos cosas: buen manejo de voz, y posiblemente actitud rock. Personalidad. Soy cantante.

         Soy cantante —nos dijo en algún momento del primer ensayo.

         Efectivamente, el tipo cantaba. No tengo idea si su técnica era buena o habría llevado clases, pero más que su voz, todo él consonaba con la línea del rock. El pelo hasta la mitad de la cara en mechones belicosos, el polo blanco estampado con la cara de Sid Vicious, y los jeans bombachos con agujeros que le ventilaban ambas rodillas.         

         Cuando acabó el primer ensayo, la banda ya estaba formada. Y, por supuesto, Pichú selló su cargo de líder al prender un cigarro y fumar dentro del estudio. Fue un acto tácito y admitido sin palabras y también sin peros.

         —¿Cuándo es el concierto? —preguntó Pichu.

         —En dos semanas.

         —Ahí nos vemos de frente —dijo.

         Dos semanas que pasaron sin verlo, sin ensayar con él, y sin preocuparnos. Bueno, había una preocupación, sí. Ninguno de nosotros la expresó directamente, pero todos sabíamos de qué iba.

         En fin. El día de la Kermesse la banda se juntó desde la mañana, llevamos los instrumentos al colegio, guitarra, bajo y todo el set de batería. Los amplificadores los puso el colegio. Esa tarde pusimos carita de niño al que le regalan su primer muñeco Transformer cuando vimos el nombre de la banda en el programa de mano. Lo habían puesto entre palabras adultas y estúpidamente solemnes, pero decía algo así:

         4:30 p.m — Presentación Alumnos del 4to grado de Secundaria. Grupo: “Yatrogenia”.

         A las 4:40 ni rastro de Pichu. Era 1999 y no cualquiera tenía un celular.

         No solo el cura director apuraba, sino también los otros artistas que habían contratado para el evento: unos salseros con mánager incluido —mejor se dan prisa porque más tarde tenemos otro concierto—; también estaba un imitador de Juan Gabriel, y hasta el show del mago Giorhini.

         Ni modo, ya estábamos con los instrumentos conectados y uno de nosotros tendría que morir de vergüenza al cantar. Las canciones eran archi famosas: Como un perro (Líbido), Creep (Radiohead), De música ligera (Soda), All the small things (Blink 182), y para cerrar Paramar y Sexo (Prisioneros).

         El presentador, un gordito enternado, nos anunció como los jóvenes valores del colegio, y blah, blah. Repartiríamos las voces entre el bajista y yo. Al pie del escenario estaban paradas las pocas chicas del colegio, nuestras primeras (y únicas) groupies,  y por ahí, metida entre la gente, la calva lunar del cura director. Había llegado el momento de matar el gusano, simplemente cumplir con el número y chau. Ah, y debíamos quitar una o dos canciones, pues ya habían pasado diez minutos y a las cinco en punto entraban los salseros.  

         Ni modo. Arrancamos con los acordes de “De música ligera”, como para mover un poco a la gente, y por suerte nuestras groupies reventaron en aplausos junto al ritmo de la batería. Lo curioso es que ninguno de nosotros estaba en plan con ninguna, así que solo le atribuyo cierta lástima de su parte.

         Pero entonces llegó. Lo vi, lo vimos. De frente subido en la tarima y cogiendo el micro, su micro. Se apareció con la misma ropa del ensayo, el pelo caótico, la cara llena de empuje y los ojos ardiendo en rock. Tomó el micro, lo sacó del parante y lo que salió de su boca fue un falsete explosivo que rebotó en todo el patio. Un grito espléndido.

         —¡Y llegó el cantante! —dijo el presentador.

         Entonces Pichu inició SU show. Su primer número fue repetir la letra de la primera estrofa cuando tocaba la segunda, y en la parte del solo de guitarra pararse a mi lado y hacer la finta con una mano en el aire y otra pellizcándose la barriga como si fuese él quien tocase.

         En “All the small things”, a excepción del coro, se la pasó con el brazo apoyado sobre los hombros del bajista y acercándole el micro a la boca para que lo ayudase con la letra. El inglés de Pichu —al menos esa tarde—, se oía chancado, parecía más el bufido grotesco de una hiena.

         Antes de “Paramar”, prendió su primer cigarro. Al presentador no se le ocurrió decir mejor cosa que:

         —hey, amigo, está bien que tengas un cuerpazo y te hayas ganado el grito de las chicas, pero te pido por favor que apagues tu cigarro.

         —¡Ta bien, ta bien!

         Pichu dio una última calada antes de pisotear el pucho en la tarima.

         El comienzo de “Paramar” —cuya letra es algo así como tirarse al suelo por amor y luego hacerse el parco, pero siempre con el corazoncito bombeando esperanza—pareció más un juego de ronda infantil, donde ganaba el niño que ensartase la mayor cantidad de palabras correctas.  Y Pichu no ensartó ni una. Esa la cantamos casi por completo el bajista y yo.

         Pero entonces llegó “Sexo”, el cierre., y fue cuando el show explotó. La letra salió, la energía estuvo, las chicas saltaron, todos gritaron ¡Sexo, sexo!, y Pichu prendió su segundo cigarro. En medio de una corta sección instrumental gritó: ¡Qué viva el sexo, el rockanrol y no a las drogas!, y su voz ya sonaba más a mugido de camal que a cualquier cosa que pueda suponerse agradable.

         La música terminó, el público dio unos aplausos consuelo, las groupies se largaron por ahí, y por ningún lado se veía la calva lunar del cura director. Pero es obvio que desde algún vio cuando el presentador dijo…

         —Felicitaciones a los chicos del colegio, y gracias al cantante invitado, aunque la próxima vez, hermano, asegúrate de traer tu cuerpo y no solo tu alma.

         …y a Pichu acercarse al gordito, coger su mano con micro y todo y gritar con voz de león:

         —¡Mi cuerpo está con tu hermana! 

*****

         —¿Dónde lo conocieron? —dice el director.

         Un puño del presentador, otro de Pichu, se estrujaron la ropa, intentaron tumbarse.

         —Bueno… no era amigo nuestro… —dice uno de nosotros.

         El gordito tenía más cuerpo, más fuerza, pero Pichu repartía golpe con maña, sin alocarse.  

         —¿Y quién de ustedes lo trajo? —dice el director.

         Cayeron sobre la tarima. Ellos dos y nadie más. Una mujer del público gritó por un policía. Se vio un puño enlodado en sangre.

         —Lo conocimos en el estudio donde ensayábamos —dice uno de nosotros —él nos vio tocar y se metió.

         La sangre del gordo, el pómulo despellejado, en el piso cubriéndose la cara.  

         —Entonces, ¿nadie lo conocía? — el director.

         Nada que hacer. El presentador era un globo de grasa al que Pichu no se cansaba de darle patadas. Alguien vino corriendo.

         —Los tres son responsable. Quedan suspendidos.

         Uno de la orquesta de salsa. Se colocó detrás y sujetó los brazos de Pichu. Pero sus piernas seguían pateando. Vinieron más tipos.

         —Tendremos mucha suerte si no suspenden al colegio también —dice el director.

         Lo jalaron entre varios hasta botarlo del colegio. El presentador estuvo un rato tirado, toda la cara partida y las venas de sus ojos de un granate espantoso.  

         —Váyanse. No quiero verlos en una semana.

          Después nosotros cogimos los instrumentos y bajamos de la tarima. Fuimos rodeados por padres, auxiliares, el resto del salón, nuevamente las groupies.  Se escuchó a alguien gritar por ahí:

         ¡Todos unos rockeros!

         —Es solo una semana —dice uno de nosotros, fuera de la oficina—. Pudo ser peor.

         —No para un debut.       

         Reímos.

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